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Tiempo, Muerte y Resurrección de Lucio Dante
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TIEMPO, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE LUCIO DANTE
José Carr M.
I

Lucio Dante Resucita ha cumplido diez años, desde aquel día en que fue declarada la obra ganadora de la sección Novela del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró 1987. A una década de su promoción y nueve años de su publicación, vuelvo a sus páginas para recordar un milagro: el de la resurrección de un hombre cuyo oficio fue la celebración de la muerte desde un periódico.

Los milagros, como la literatura misma, pertenecen al mundo de lo no ordinario. Un milagro (al igual que un buen poema, un buen relato o una novela sobresaliente) constituye en sí mismo una ruptura con el orden común de nuestro universo.

No hace parte del orden natural que un hombre pase del mundo de los muertos al de los vivos. Como tampoco es natural que un periodista de crónica roja, que un sacerdote del amarillismo sensacionalista, por mucho talento que posea, se convierta en escritor. Ambos hechos son parte de esa irrupción de lo extraordinario en la sucesión de lo cotidiano.

De eso, y no de otra cosa, quiero tratar en estos comentarios, forzados contra mis deseos a ser brevísimos.

II

El tiempo de un hombre no es el de la cuenta de sus días. Somos lo que hacemos y, por lo tanto, un hombre siempre es una obra en marcha. El tiempo de un hombre es el ejercicio de llenar con obras la sucesión de sus días.

Por todo ello, digamos que Lucio Dante era un muerto que habitaba en el mundo de los muertos (que no queda precisamente en los cementerios), que salía a trabajar como la mayoría de las personas y que, cotidianamente, bebía un licor adormecedor para no asumirse como un difunto con ocupaciones, relaciones, pasiones y deseos.

La historia que nos ocupa no pertenece a la tradición literaria que sobradamente documentó el premio Nobel Isaac Bashevis Singer en sus conocidos relatos y novelas. Lo que comento pertenece al ejercicio novelístico de un panameño: Justo Arroyo (Ciudad de Colón; 1936).

El tiempo de Lucio Dante, columnista estrella del diario El Centinela, era un tiempo de muerte.

Como instante de la ontología, entendemos la Muerte como una adecuación total del Ser a la Nada. Pero esa visión no tiene por qué ser un paradigma vigente. De hecho, no lo es.

La muerte, más allá de la visión ontológica tradicional asimilada al heideggerianismo y de la cruda exposición de los hechos que hace nuestra fragilidad biológica, que es también finitud, siempre admite una dimensión social e histórica que apunta hacia nuestra relación con los demás y que, por eso mismo, propone la conquista de nuestra permanencia, la infinitud de la persona individual en la especie humana. En esa escala de lo humano se inscriben estos comentarios.

"Ser para la muerte", tal y como lo postula Martin Heidegger, es "ser hasta mi muerte". La persona humana vive para morir. No hay posibilidad alguna de escapar a una condena que ha sido dictada desde nuestro nacimiento. Al nacer empezamos la marcha hacia el morir. Esta concepción sume al ser en la angustia y lo convierte en un náufrago sin esperanzas en el océano del humano existir.

Así "vivía" Lucio Dante (como tantos otros), celebrando en la muerte ajena su propia e inevitable muerte individual. Su éxito personal consistía en aumentar el tiraje del periódico para el cual trabajaba, mostrando lo obsceno del crimen, del delito y sus actores, y exaltando el morbo de sus lectores que se enojaban al leerlo, pero que buscaban ansiosos la crónica y la columna del día siguiente. Lucio Dante era un sacerdote de la Muerte desde el polvo de su inexistencia y tenía en sus lectores a una fiel feligresía.

Una llamada de un actor moribundo, enfermo de SIDA, pondrá a Lucio Dante en la situación de iniciar un proceso doloroso de ascensión desde el mundo de los muertos al de los vivos. John Adams, seudónimo de Jairo Pérez, con su llamado urgente tocará la trompeta de la resurrección y al asumir un compromiso con el otro, por primera vez en su vida, Lucio conquistará paulatinamente su libertad personal, que es el duro camino hacia la vida individual y social.

III

Sin ser una novela de tesis, en la práctica se constituye en eso. Sin ser una novela de aprendizaje, lo es por virtud de la búsqueda interior que realiza un cínico Lucio Dante.

Lucio Dante Resucita es un ejercicio de revelación de un orden injusto y de denuncia de una sociedad depredadora, que lanza a la persona humana al morir y la convierte en un animal enfermo: sin vínculos solidarios, porque destruye las semejanzas entre los humanos; sin consuelo para el dolor al que somete a la persona humana desde el trabajo, con el control de la información y la inhumanización que promueve destruyendo la sensibilidad, la inteligencia y las capacidades amatorias con la conversión de la satisfacción de los deseos y las pasiones individuales en meta final de toda existencia.

La sociedad fenicia en la que quien mejor vende y se vende siempre gana; el país del "sálvese quien pueda"; la lucha por escalar para tener poder sobre los demás; la mentira como herramienta de trabajo y desinformación; la descalificación del otro (que también soy yo); y la culpa como rédito doloroso cuando nos enfrentamos al que nos devuelve la mirada desde el espejo, son el resultado de una novela que sin grandes pretensiones es indagación y valiente testimonio contra aquello que con tanto empeño y sin conciencia construimos a diario.

Y además de todo eso, y para sorpresa de quien se adentre en estas páginas, Lucio Dante Resucita es una hermosa novela de amor. Se trata de una novela moderna preñada de sugerencias inteligentes, rica en sus perspectivas de desarrollo y abierta a la participación crítica del lector, que hace la vindicta de la red social de la solidaridad contra la soledad impuesta y expone la necesidad humana de construir y defender el amor como método de conocimiento y camino de vida, desde la realidad de dos hombres que luchan por no morir, cada uno desde la opuesta orilla del río de la existencia.

IV

Concisa en sus descripciones y ubicada en el imaginario cultural y antropológico de la sociedad contemporánea, Lucio Dante Resucita es un acierto de la novela panameña actual, logrado con solvencia técnica y atención a los peligrosos días que vivimos.

Justo Arroyo es un escritor maduro, con oficio y rigor. Es de esperarse que su trabajo lo sitúe, con merecida justicia, entre los escritores importantes que actualmente le aportan a la literatura de lengua española que se escribe en Latinoamérica.

La novela panameña actual se debate dolorosamente entre encontrar la ruta que la conduzca al mundo de las felices realizaciones y el examen con sentido de actualidad de sus logros alcanzados, para poder escalar nuevas cimas.

Desde Ramón H. Jurado, el autor de El Desván, los panameños no asistíamos al encuentro con un escritor de tanta fuerza y precisión en su decir. Justo Arroyo ha venido a llenar un espacio necesario en un país en el que la narrativa pugna por dar saltos de calidad sin lograrlo del todo.

Saludamos la reedición de una novela que se mantiene vigente, fresca y llena de preocupaciones actuales, pasada ya una década desde su premiación en el más importante concurso literario de la República de Panamá.

La narrativa panameña es tierra de lentas sedimentaciones. Desde la más simple ingenuidad, como parte de nuestro proceso literario, ha pasado por la búsqueda de nuestra profundidad como sociedad sin renunciar a la construcción de un sentido de identidad nacional.

Ahora esa literatura entiende que no sólo somos parte del mundo, sino que por designio geográfico e histórico el mundo está inserto en nosotros. La tarea fundamental de nuestra literatura pasa, entonces, por apropiarnos de ese mundo sin dejar de ser lo que con tanto afán hemos ido alcanzando: ser panameños.

Lucio Dante Resucita es una propuesta para repensarnos, quizás también un llamado para construirnos como nos necesita el mundo: con mayor sentido autocrítico y con integridad, lo que equivale a definirnos como más humanos y, por ende, más libres.

La mentira y la incapacidad de abrirse al amor hicieron de Lucio Dante un muerto por años. Su opción por el arte como camino hacia su interioridad y herramienta para conquistar su libertad constituyen una valiosa lección de vida para ser meditada y puesta en práctica.

No es tarea de la literatura cambiar el mundo; pero nunca está de más que arroje una necesaria porción de luz sobre la existencia.

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