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PRÓLOGO A LA GAYOLA
JOSÉ DE JESÚS (CHUCHÚ) MARTÍNEZ

A la luz de la cosa que ha escrito Justo Arroyo puede hacerse una meditación para rastrear un tema muy esquivo. Esta meditación, a su vez, alumbra determinados aspectos de la obra que conviene destacar. La obra de Justo Arroyo, independientemente de lo que diga, si es que dice algo, da mucho que decir. Y esta es justamente la forma más artera y eficaz, descubierta hace muchos siglos por un griego, de decir: no diciendo nada, dando que decir.

La meditación merodea en torno a la clásica cuestión: ¿Qué es? ¿Novela? ¿Cuento? ¿Narración? ¿Dónde ponerla en el estante de los libros? Y, sobre todo, ¿con qué metro medirla?

Siempre he creído que la división de la literatura en géneros en muy conveniente: le da al creador la posibilidad de infringir las leyes y estatutos que gobiernan esa región literaria que ha decidido poblar. Esto lo obliga al exilio y al desamparo y, en consecuencia, a la libertad y a la posibilidad del descubrimiento.

Me habría gustado que la cosa que ha escrito Justo Arroyo estuviera desamparada de las leyes que protegen los diferentes géneros literarios. El hecho, sin embargo, es que está plenamente a paz y salvo con un género determinado: la novela.

Como tiene pocas páginas, aprovecho la ocasión para justificar esta clasificación señalando ciertas características que la novela tiene, en contraposición al cuento.

Rogelio Sinán (por lo visto no hay forma de decir nada interesante sin tener que citarlo), ha dicho: "Cuento es la primera persona del verbo contar: yo cuento". Ahora bien, contar, en su sentido básico, es ordenar las cosas, una después de la otra, 1, 2, 3, 4, haciéndolas corresponder a los dedos o guijarros. Lo importante de esta operación de contar, (en el sentido básico que investigamos) es que entre cosa y cosa no hay nada: un libro, dos libros, tres libros… Pero entre dos y tres libros no hay la mitad de un libro, ni la cuarta parte de un libro. Entre un dedo y otro dedo con que contamos, no hay un dedo y medio. Contar, pues, es ordenar las cosas o acontecimientos que se cuentan de tal forma que entre cosa y cosa no haya nada. Quien cuenta tiene que considerar las cosas en bloque, no las puede partir.

A la operación de poner las cosas juntas, de juntarlas, se le llama en griego "síntesis" y en latín "composición". Un cuento es una composición, una síntesis, un ordenamiento en bloque. Esto no quiere decir que un cuento debe tener pocas páginas. La capacidad de contar no está limitada a los diez dedos. Los números naturales, que son aquellos con los que se cuenta, son infinitos. No tienen por qué terminar nunca. Un cuento termina cuando se ha hecho obvia la secuencia, el ritmo que sigue. Por ejemplo, si digo: 2, 4, 8, 16, 32, puedo dar por terminada esa cuenta. Se sabe que después viene el 64 y después el 128, etc.

Antes de seguir, quiero hacer una advertencia. No estoy dando una definición del cuento. No estoy identificándolo con la operación aritmética de contar. Sencillamente señalo la analogía porque sospecho que las dos cosas: contar un montón de bloques y contar un cuento, proceden ambas de una misma actitud humana que se fenomeniza o brota en dos partes distintas: la aritmética y la literatura. Hecho esta aclaración para poner en su sitio al cazador de pedanterías, que las persigue y denuncia como si se las hubiesen robado a él mismo, conviene ahora preguntarse por la novela.

También la novela narra, pero, ¿cuenta? Se podría decir que sí, pero en un sentido metafórico sólo. Lo verdaderamente sintomático es que la aritmética tiene también otra clase de números, radicalmente distintos de los naturales, que guardan con éstos el mismo parentesco que la novela tiene con el cuento. Son los llamados números reales, una de cuyas características básicas que me interesa señalar es ésta: son densos. Esto quiere decir que entre número real y número real, por muy pegaditos que estén, siempre hay otro en el medio. Entre el 1 y el 2, por ejemplo, que son también números reales, está el uno y medio, el uno y tres cuartos, etc. O, expresado con decimales, que es como verdaderamente se debe expresar un número real, el 1.5, el 1.75, etc. Para contar (en un sentido metafórico) con números reales, hay que partir, dividir las cosas que se cuentan: un libro, un libro y medio, un libro y tres cuartos, etc. Para llegar al libro número 2 necesariamente hemos de pegar un brinco, porque la división, el análisis al que nos hemos abocado por usar números reales puede prolongarse hasta el infinito. Uno puede sacar la cantidad de decimales que se quiera. Uno puede perseguir el hilo más sutil. En algunos, casos, a partir de algún decimal, comienzan a repetirse. Pero en otros casos, no. La descripción de un botón puede ser inagotable.

¿No es esto lo que hace una novela, contar con decimales? ¿No son ya clásicos esos interminables decimales de Joyce? ¡Aquellos brincos de Proust, tanto más obvios por la densidad (en el sentido matemático) de su estilo! Pienso en las 50 páginas que dedica a un viaje en ascensor y en cómo, a la muerte de Swan, personaje central del primer tomo de su novela, no le dedica ni una línea. Uno se entera de ello porque lo oye de pasada en un diálogo trivial del tercer tomo.

La división, que es justamente la especialidad de los números reales, es también la del novelista. Claro está, un cuentista también analiza, es decir, divide. Porque también con los números naturales se puede dividir. Pero hasta cierto punto: 6 entre 2 da 3. Pero 3 entre 2 no da nada para quien cuenta sólo con números enteros naturales. Al novelista, en cambio, le da 1.5.Y eso lo puede volver a dividir entre 2 y le da 0.75, etc.

Esto permite establecer un criterio para distinguir entre una novela y un cuento, aun cuando conozcamos sólo una página de cada cual. No se trata, pues, ni del tema ni del espesor del libro. Se trata de la forma en que se cuenta o narra.

Todo lo anterior podría ser explotado más a fondo. Por ejemplo, el hecho de haber entre el 2 y el 3 ningún número natural pero sí una cantidad infinita de números reales, sugiere señalar este infinito hacia adentro, vertical, en contraposición al horizontal de lo que, puesto en fila, no termina nunca. Todo lo que se ha dicho, pensado y descubierto sobre las dos clases de infinito, el infinito aleph cero de los naturales y el infinito continuo de los reales, podría quizás servir de mirador para ver con más detalle la estructura de esos dos géneros literarios. Sobre todo, y creo que esto es lo que me ha impresionado de la meditación nacida de una frase de Rogelio Sinán y de la lectura de La gayola, novela, de Justo Arroyo, tengo la sospecha de que se puede rastrear la fuente original de esa necesidad que se manifiesta, por una parte, en dos géneros literarios, y, por otra, en dos clases de números.

Mucho más me ha dado que pensar y sentir esta novela que ha escrito Justo Arroyo y que como novela que es no se le puede contar. Es una verdadera apologética de la vida sin sentido, del amor a las cosas. Porque es el amor a las cosas lo que nos impide tenerlas como signos o letreros mediante los cuales orientar la vida. El suicidio de uno de los personajes, que en el instante de la muerte es tocado por la gracia, porque se convierte en niño, que es como dicen que es como hay que entrar al cielo, ilustra hasta qué punto esta nueva apologética, esta nueva religión atea, se ha apropiado de todo el erotismo de la religión cristiana, debidamente purgada, por supuesto, de lo que era en ella un elemento puramente decorativo y superfluo: Dios. Sobre todo ese desprecio, ese absoluto desprecio por el significado que le roba realidad a las cosas convirtiéndolas en meros letreros que señalan curvas, valores occidentales de la cultura y puertas de excusado.

Es una novela tan rica como el lector que la lea, y dentro de la mejor tradición de Proust, Joyce, Kafka y Cortázar.

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