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Cuento: El Prejuicio: La razón de los tontos (Audio)
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Otra Luz




JUSTO ARROYO, OTRA LUZ
POR: Javier Alvarado.

Me siento y comienzo mi prosa 
una, dos, tres, cuatro, cien veces. 
Entre mi cabeza y la pluma, 
entre la pluma y esta página
Octavio Paz, Imprólogo


Me siento y comienzo mi prosa. Me siento y recuerdo aquellas entrevistas que realicé siendo adolescente a varios escritores panameños. No sólo los poetas requirieron de mi atención durante aquellos años de primera formación. La prosa panameña, conduce como el narrador al lector, en la novela Plenilunio de Rogelio Sinán, por los pasadizos de la existencia humana y con el mejor laboratorio: el cerebro. Sinán propone una especie de alquimia recorriendo en una noche por las vidas de varios personajes que se ven envueltos en los delirios plenilunianos de Elena Cunha y el descubrimiento luego de la Isla Mágica, fue todo un conflicto existencial; la más grande novela panameña, la isla de Taboga, isla mesiánica, fuerte crítica a la Iglesia Católica, me abrió la veta hacia otros narradores extraordinarios donde están Ramón H. Jurado con sus novelas San Cristóbal y las vicisitudes de los trabajadores de la caña, la poética Desertores, sobre Victoriano Lorenzo y El Desván, cuya maestría narrativa es sin lugar a dudas un caso prodigioso en la literatura panameña. El Ahogado de Tristán Solarte, donde mito y literatura aún siguen trayéndome ese soplo cardíaco del mar desde Bocas del Toro y al asesinato del poeta Rafael y su crimen sin resolver, le dan a esta obra, un halo de leyenda. Joaquín Beleño, el novelista de la gran obra canalera nos sitúa con Luna Verde, Gamboa Road Gang y Curundu Lane en el destino de los panameños y latinoamericanos en su dura convivencia con los zoneítas. Su novela, Flor de Banana, me hizo recorrer a pie, las bananeras sin esperanza para los pueblos indígenas. Mi otro desvarío prosístico fue con Loma Ardiente y Vestida de Sol de Rafael Pernett y Morales, quien narra los innumerables sucesos que pueden ocurrir en una barriada paupérrima de cualquier ciudad latinoamericana. Luego, una pausa lógica. El poeta llega como lector a la obra de Justo Arroyo, ante quien y ante su obra, se quita el sombrero Panamá y reitera su gran respeto por la obra de este autor, nacido en la provincia de Colón (costa atlántica panameña) en 1936.

Nuestra literatura en general, goza de poca difusión. EDUCA, (cuánta falta nos hace) editó algunos libros y autores panameños en ese afán de acortar las fronteras centroamericanas (Los Cuentos de Rogelio Sinán, Las Averías de Enrique Chuez, EL Último Juego de Gloria Guardia, El Centro de la Noche de Dimas Lidio Pitti, Obras de Teatro de José de Jesús Martínez, etc.). Ojalá alguien se interese por reeditar y dar a conocer las obras enumeradas al principio de este recuento y las que he mencionado anteriormente. En esta misma vía, Justo Arroyo y su obra merecen la edición y la difusión necesaria para nuestro mundo hispanohablante. La Gayola-una obra inclasificable estilísticamente y narrativamente- fue premiada en Guatemala. Dejando atrás al hombre de celofán y su personaje Gina son metáforas memorables.

Las relaciones de pareja -tema recurrente en Justo Arroyo- encuentran una veta prodigiosa en Capricornio en Gris y Rostros como manchas.

Desde la publicación de su novela Semana sin Viernes y la colección de cuentos Para terminar diciembre, hay un esfuerzo en el escritor por adentrarse- a la manera chejovniana- al interior de sus personajes y escudriñar en aquellos senderos donde todo puede bifurcarse; esta intención sigue en su libro de cuentos Héroes a medio tiempo, donde también lo cotidiano, lo kafkiano y el absurdo hacen una mezcla ubérrima y asombrosa.

En ese afán de ahondar y re explorar identidades y sucesos; Justo Arroyo, recurre a la historia como aliada. Dos de sus novelas son ejemplo de ello: Sin principio ni fin, que es un soliloquio de Victoriano Lorenzo (el Guerrillero transparente según Carlos Francisco Changmarin, en otra obra célebre sobre el héroe) y Vida que olvida, en la figura de Pedro Prestán, quien condenado injustamente por un incendio que no cometió, lanzó su venganza sobre la ciudad de Colón, que se vería siempre afectada por siniestros y hasta la fecha de esta crónica literaria, aún sigue en pie aquella maldición; donde quizás las hogueras y las llamas siguen testimoniando una ejecución sobre la persona equivocada.

Una novela con un tema muy actual es Lucio Dante Resucita, que trata sobre un paciente con el virus del SIDA y contando con un centenar de páginas, su maestría es innegable. Esta obra fue editada para la Biblioteca de la Nacionalidad.

Otra luz, es una novela, que se sigue con ese afán de explorar los vericuetos existenciales de sus personajes. Siempre esa luz de los narradores, Luz de Agosto de Faulkner y Lena, y esta Otra Luz con ese personaje arroyoniano, Celeste.

La obra narrativa de Justo Arroyo –a mi consideración muy personal- el más grande narrador vivo de la literatura panameña junto a Gloria Guardia de Alfaro-, ha obtenido en varias ocasiones el Premio Literario Ricardo Miró en Poesía y Cuento, el Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán, entre otros importantes. Fue Director del Instituto Nacional de Cultura y Director de la Revista Lotería.

Cuando recibí, hace unos meses, un atento correo electrónico de Justo Arroyo, para que como poeta joven, lo acompañase a su investidura como Académico de Número de la Academia Panameña de la Lengua, no sólo me sentí halagado por parte del maestro, sino que me sentí plenamente gratificado por que se reconocía a una fabulosa obra y confiado de que en esta instancia, rectora de nuestra Lengua Española en nuestro istmo, entraba un autor de calidad sostenida y de un universo narrativo extraordinario y más aún cuando después de conversar junto a Ulises Juárez y junto a Sergio Ramírez de Nicaragua, contactan a nuestro escritor y el mismo accede a participar de las jornadas del Centroamérica Cuenta.

En mi memoria, siempre estarán las carcajadas de Justo Arroyo, que cuando siendo yo adolescente, por vía telefónica, le iba narrando a mi manera los pasajes de sus novelas y cuentos, y él, como el personaje de la doctora en Semana sin viernes, reía de buena gana. Sean estas palabras portadoras siempre de la gran admiración hacia Justo y que las mismas sean un intento, en cierta forma, de dar a conocer al gran público en Lengua Española su obra, - que por qué no, es digna de merecer la palestra y premios internacionales.

Me siento otra vez a escribir poesía y a leer la prosa.

Aquí esta Justo Arroyo, esta otra luz de la literatura panameña.

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