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RAÚL


Si lo primero que impresionaba en Raúl era su tamaño, que traía a la mente imágenes de Cortázar, con esa capacidad de supervisarlo todo desde su gran altura, lo que persistía al conocerlo era un insondable que buscaba en todo momento la ponderación, la ecuanimidad como guía de convivencia humana.

Raúl sentía una casi obsesión por la mesura, la probidad. En consecuencia, compartía, practicaba y predicaba la llamada Regla de Oro, presente en todas las culturas y religiones y epítome de los Derechos Humanos: "haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti". Allí residió el atractivo universal de este escritor y sociólogo. De allí su aceptación en las más disímiles congregaciones: la certeza que de Raúl sólo podía provenir la palabra incorruptible, la búsqueda de la verdad y que esa verdad resultaría al final amable incluso para los que no habrían querido escucharla.

En ese sentido, quedaba siempre después de una exposición de Raúl la convicción de que había tenido tus mejores intereses en mente, y que, aunque su conclusión no te hubiera favorecido, constituía una forma de hacerte un bien, de contribuir a tu evolución en la seguridad de que la próxima vez lo harías mejor.

Individuo excepcional, su muerte deja un vacío imposible de llenar. Hoy somos todos mucho más ricos por haberlo conocido y el país mucho más pobre por haberlo perdido. Y aunque nos deja sus polifacéticos libros, nada podrá transcribir la sensación de buenaventura, de integridad que irradiaba su sola presencia.

Ciudad, 5 de mayo de 2011

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