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ROGELIANAS
Justo Arroyo

Me cuesta pensar en Rogelio Sinán sin Chuchú Martínez, como si siempre hubieran estado juntos. Pero sucede que, en lo que a mí respecta, así fue. Y es que Chuchú practicó un asedio constante a Sinán y no tenía reparos en referirse a él como "Mi Dios", "Mi Ídolo" y otras salidas que Rogelio sorteaba con su acostumbrado equilibrio, su casi imperceptible sonrisa. Esa sonrisa de Sinán merecería un estudio aparte porque marcó su relación con el mundo. Y, en el caso de Chuchú, con su abultada capacidad para exacerbar, la sonrisa lo iba midiendo hasta colocarlo en su sitio.

Las inteligencias, como las personas, vienen en todos los tamaños y diseños. Pero en general se perfilan como activas y reactivas, las primeras definiendo a los extrovertidos y las segundas a los introvertidos. Inteligencia activa -tal vez demasiado activa- fue la de Oscar Wilde, a quien, además de éxitos, le produjo desgracias, como las derivadas de sus imprudencias en su juicio.

Las inteligencias reactivas contemplan y compendian, requieren distancia aunque a veces les duela no decir en su momento lo que pensaron después. El ideal está en comandar las dos: la sagacidad inmediata con la reflexión posterior. Y quizás allí estuvo la clave de la aparentemente paradójica amistad entre el centellante Chuchú y el insondable Sinán, al nutrirse tanto de analogías como de diferencias.

Pero he sido testigo de lo contrario, del choque de las inteligencias. Como en una reunión de escritores, en su mayoría centroamericanos, entre los cuales se hallaba el poeta hondureño Roberto Sosa. Estaba, además, el sabio puertorriqueño José Luis González, ya fallecido.

La conversación había adquirido un tono surrealista por la pirotecnia verbal de los centroamericanos quienes, con pasmosa agilidad mental, semejaban corredores de relevo. José Luis, hastiado de toda esta agudeza, dijo algo que a la fecha me persigue y que ilustra hasta que punto las inteligencias pueden ser incompatibles, repelentes incluso. Porque, levantándose furioso de la mesa, les dijo a sus sorprendidos colegas que ahora comprendía la esencia del subdesarrollo, al demostrar los presentes su inhabilidad para el discurso profundo. Y con esto se fue, sin que nadie le rebatiera visto el respeto que imponía.

En Rogelio y Chuchú se fundieron ambos talentos. Pero mientras en Chuchú, (a quienes muchos consideran la persona más inteligente que ha dado Panamá) su ingenio podía resultar una auténtica urticaria, en Rogelio actuaba como correctivo, como amable lección. Eran los dos, en consecuencia, grandes humoristas, pero si Chuchú podía ser sarcástico, Rogelio nunca franqueó la ironía. Y si Chuchú se abstuvo siempre de la más leve pulla a Rogelio, éste se divertía lanzándole su arsenal de sátiras, sabiendo que Chuchú, así como daba, asimilaba.

Guardo unas anécdotas que ilustran a estos prodigios en acción y que revelan además una cualidad muy rara en las personas pero que en Rogelio fue su sello distintivo. Me refiero a su incapacidad para experimentar el menor complejo, lo que a su vez produjo su proverbial generosidad.

Cuando conocí a Chuchú yo acababa de escribir La Gayola. Era mi primer libro y Chuchú le hizo un prólogo que, característicamente, casi resulta tan largo como el texto y constituye un notable análisis matemático-literario. Naturalmente que yo estaba orgulloso de esta obra, pero Chuchú, captando algo de esto, me dijo un día:

-Ese libro tuyo es diez veces mejor de lo que la gente piensa.
Y sin darme tiempo para asimilar, me espetó:
-Pero es cien veces peor de lo que tú piensas.
Esto me lo pagaría después, cortesía de Sinán.

Chuchú, demostrando que era más permeable de lo que aparentaba, andaba traumatizado por la proximidad de su cumpleaños cincuenta. Destacaba proezas que iba a realizar y libros que iba a escribir, para ganarle al tiempo. De allí que repitiera hasta el aturdimiento su intención de reunir su obra poética en un libro que llamaría Poesía Completa. Hasta que un día Rogelio, y mirándolo con su característica sonrisa, le dijo:

-Me parece una magnífica idea ese libro porque tu poesía ya está, en efecto, completa y de aquí no va a ninguna parte.
Chuchú fue quien más celebró la ocurrencia de Sinán, pero si dejó de hablar de su proyecto, no por eso lo detuvo. Porque publicaría al fin su hermoso libro, sólo que con el título de Medio siglo.

He señalado el reconocido desprendimiento de Sinán pero existe un caso que, aunque lo he citado con anterioridad, repito ahora porque retrata de cuerpo entero al más notable de nuestros escritores.

México, marzo de 1967. Roberto Fernández Iglesias y yo platicábamos en un café sobre un Congreso de Escritores Latinoamericanos a realizarse en Guadalajara, lamentándonos de no asistir ya que participaban figuras de la talla de Miguel Ángel Asturias, Guimaraes Rosa y Alejo Carpentier. Pero México no es mágico por nada, porque en ese momento apareció un bus con un letrero que decía: Congreso de Escritores; Guadalajara.

Casi hipnotizados dejamos la mesa y nos paramos en la acera, para ver pasar el bus y pensando que era lo más cerca que estaríamos del Congreso. Cuando repentinamente el bus se detuvo y, al abrirse la puerta, apareció Rogelio, su brazo extendido instándonos a subir. Fue así cómo, y gracias al brazo de Sinán, Roberto y yo asistimos al Congreso de Escritores como miembros plenipotenciarios. Evidencia de esto son las dos fotos que incluyo en Cronología, ambas gastadas por mi vista. En la de grupo, además de Roberto y yo, se distinguen a los auténticos delegados por Panamá, Rogelio Sinán, Ricardo Bermúdez y Carlos Wong.

A Sinán le gustaba decir que el personaje Juan Felipe Durgel, de su novela, La isla mágica, era un compuesto de Chuchú, Rafael Ruiloba y de mí. Yo, para devolverle la puntada, escribí Semana sin viernes, cuyo protagonista es un chico brillante pero enredado llamado Rogelio. Era mi desquite privado y anticipaba su sonrisa cuando viera su nombre en mi libro.

Pero el Maestro tenía que gastarse la última broma: murió antes de que saliera la novela, dejándome el recuerdo de su sonrisa como su triunfo final.

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