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SOBRE TEMAS Y SIGLOS NUEVOS
Ariel Barría Alvarado

"La nueva nomenclatura de los siglos no trae, per se, el fin de los problemas de antaño".


Hay quienes plantean la caducidad de algunos temas hispanoamericanos, estableciendo que el escritor no debe ya abordar ciertos temas. Dicen que han expirado algunas formas de manejar ese juego de ficciones y realidades que es la literatura.

Sin embargo, esa misma Latinoamérica, pródiga en contradicciones, nos interroga acremente. Si se han agotado como tema esos problemas, ¿significa que dejaron de ser tales? Las luchas indigenistas, el desarraigo del campesino, su aposentamiento en la ciudad, la explotación del hombre o los desmanes del poder, ¿ya se esfumaron?

Por supuesto que no. ¿Pueden entonces el hombre y la mujer de letras dedicarse a la literatura e ir de espaldas al mundo al mismo tiempo?

Otra vez, no; priva en cambio la necesidad de de renovar voces, de rediseñar estrategias ficcionales, de adecuar las estructuras narrativas al mandato de unos tiempos que ordenan la renovación constante, so pena de anquilosamiento.

Este preámbulo nos conduce a la obra Sin principio ni fin, del literato panameño Justo Arroyo, ganador del Concurso Literario Ricardo Miró en la sección novela 1999, en la que se aborda un tema que evoca la época infausta en que colombianos y panameños segaron sus vidas entre sí, durante mil días, por una causa que les parecía fundamental: ser conservadores o liberales.

La novela interpreta desde su título la absurda razón de ser de una confrontación que arrasa vidas, conciencias y naciones, que termina en un lugar para renacer en otro, y que plantea sierre los mismos contendores fraternos, llámense rojos o azules, israelíes o palestinos, tirios y troyanos, Osama Bin Laden o George Bush.

Se nos narran así las últimas 48 horas de Constantino Aguilar, indio insurrecto, plegado coyunturalmente con sus huestes de hombres descalzos y harapientos a un ejército de blancos que desfilaba bajo una bandera roja para combatir a otro ejército de blancos alineado bajo una bandera azul, sin mayor motivación que la impuesta por una venganza personal, que igual hubiera podido originarse en un bando u otro.

Finalizada la guerra, rojos y azules firman un armisticio de conveniencia y él queda, para decirlo con una imagen potente emanada de los decires populares: como cucaracha en baile de gallinas.

Los mancomunados lo declaran en rebeldía y Constantino Aguilar es apresado y condenado sumariamente por todos los crímenes cometidos, sobre los que pesa el baldón de no haber sido cometidos bajo las reglas militares, en las que son duchos quienes ahora lo condenan, luego de temblar ante él en el campo de batalla.

Las horas de reflexión que le son concedidas antes de llevarlo al paredón, tejen el hilo narrativo ve la novela, fundada sobre las bases del relato retrospectivo y del monólogo interior, en el que se van bordando las imágenes del porqué -ayer como hoy- se crían los odios, se cavan las brechas y se atizan los fuegos que mueven la inmemorial confrontación del hombre.

Cercano a la imagen histórica de ese indio epónimo que es Victoriano Lorenzo, el primer guerrillero de América, Aguilar resume las contradicciones que no dejan al hombre vivir en paz y, en el repaso de su vida, encontraremos-sobre una balanza histórica y literaria-los argumentos supuestamente valederos que aducen quienes marchan a toda lucha; razones que la razón califica como fútiles y que el tiempo descalifica por estériles.

Alejado ahora de los temas urbanos que siempre encontraron acomodo en sus libros, Justo Arroyo vuelve la vista a los hombres del campo para atisbar la marginalidad de todos los humildes del mundo y hacer eco el grito de rebeldía de quienes parecen condenados a ser siempre los que no tienen razón ni merecen que les amanezcan siglos nuevos, porque siempre serán "los otros".

La nueva nomenclatura de los siglos no trae, per se, el fin de los problemas de antaño; a la literatura le corresponde ejercer su papel dentro de la necesaria comunión de recursos, de talentos y de voluntades, que no por difícil deja de ser necesaria para enfrentar esos males. De lo contrario, lo que parece no haber tenido principio tampoco arribará a un fin.

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